Días raros sin nombre

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Hay días raros… son días tan tan ajenos que podrían ser de otro, de cualquiera. Días que uno puede sentir como perdidos, pero que están ahí, que han pasado, que no siempre podemos controlar.

Hay días estanque: de no mal y de no bien, de estar sin más. Están llenos de momentos de nada, que llenamos con silencios, palabras huecas, dolores sordos de corazón. De echar a volar o quedarse parado, de dudas.

Estos días de nostalgias, en que se nos llena la vida de aquello que no fue ni será, tenemos la opción de seguir adelante, recordándonos de lo que sí fue y sigue siendo, porque como diría Sabina, “nos sobran los motivos”.

Hoy pensaba que parte de la felicidad está también en aceptar estos días como propios, tan propios que sólo puedan ser nuestros y llevar nuestro nombre: el tuyo, el mío.

El truco está en aceptarlo, así como suena: asumir que ya es así y no hacer ni siquiera el esfuerzo de darles la vuelta: sentir lo que sentimos en este momento, dejarlo estar, dejarlo cocer a fuego lento: si escuece, esperar, si duele, llorar, si enfada, gritar… lo que sea necesario.

Seguir sintiendo, claro. Al final todo va de eso.

No trates de llenar el vacío con cualquier cosa que venga de fuera: tu vacío es tuyo, sólo puedes llenarlo con algo propio.

¿Qué hacéis vosotros cuando tenéis un día de estos espeso?

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